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PRÓLOGO
A APUNTES SOBRE MI VIDA O AUTOBIOGRAFÍA
Así
fue el autor de esta autobiografía. Era, como aparece en ésta, su
verdadero retrato. El fondo de su ser, la paz; su vestidura, la
humildad. Fue su vida correr manso de un río, sin declives
pronunciados ni desbordamientos que rebasan el cauce. A su paso
florecieron las flores de toda virtud: la caridad, la pobreza, la
humildad, la obediencia, la austeridad, el sacrificio... La bondad
de su hermosa alma se le irradiaba en la sonrisa, que iluminaba su
rostro; sonrisa que ni la muerte pudo borrar.
Poseyó,
como pocos, el raro don de una vida inalterablemente serena, sin
relieves, sin deslumbramientos, callada en la superficie pura de
profundo cauce espiritual.
La
Casa Noviciado de Godella fue testigo de sus últimos días, como lo
fuimos cuantos tuvimos la dicha de visitarle y oír de sus labios
acentos de vida eterna. No olvidaré aquel Viático que recibió de
mis manos. En tan solemne momento su lengua parecía un salterio que
lanzara al cielo sus últimas notas de encendida gratitud. Después
se quedó extático. Aún pude recibir su última bendición. Se
incorporó y, pronunciando una por una todas las palabras del ritual
franciscano, me bendijo. A los dos días ya estaba en el cielo.
La
Casa Noviciado me ha parecido desde entonces como una gran abadía
medieval. Aquel aposento, la celda de un santo; aquel cadáver,
cuerpo glorioso en mañana de resurrección.
En
el afecto que mutuamente nos profesábamos llevaba yo la mejor
parte; cuando se lo decía, me cogía las manos, apretándomelas con
las suyas, como asintiendo, y me miraba como si en aquella mirada
quisiera traspasarme su alma entera.
El
recuerdo de aquella mirada y de aquellas manos oprimiendo las mías
son ahora para mí como la garantía de que con su poderosa
intercesión velará desde el cielo por mí el que en la tierra me
honró con su amistad.
Javier Lauzurica, Obispo A.A. de Vitoria
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